sábado, 26 de septiembre de 2009

La leyenda del Santo Bebedor, de Joseph Roth


Andreas Kartak es un vagabundo que duerme en cualquier lugar en que la noche lo sorprenda, sobre todo bajo los puentes diseminados a lo largo del río Sena. Una tarde, un excéntrico y bien vestido caballero le propone un trato: le dará 200 francos para que haga con ellos lo que quiera, a cambio de que cuando quiera pagar la deuda, se dirija a la estatua de la pequeña Santa Teresa de Lisieux, en la capilla de Sainte Marie des Batignolles. Aunque en un principio Andreas se rehúsa a aceptar el dinero, ya que no puede prometer devolverlo, al final da su palabra de honor que lo devolverá tarde o temprano.

Andreas ya no recordaba desde cuándo no veía 200 francos juntos. Y comerá como hacía mucho tiempo no lo hacía, se afeitará, comprará una cartera usada, beberá generosamente a la salud de su buena suerte y pensará incluso en bañarse, aunque sólo quedará en un pensamiento. Consigue trabajo para el fin de semana, y el domingo se dirige a pagar su deuda a Santa Teresa. Sin embargo llega tarde a la misa de 10 y decide meterse a un bistró frente a la iglesia. De inmediato se embriagará con absentas y olvidará la razón por la que estaba allí, aunque cuando sale, ve la iglesia y lo recuerda. Nuevamente va hacia la iglesia, pero entonces escucha una voz femenina que pronuncia su nombre. Es Caroline, después de mucho tiempo. Por ella había dado muerte al marido, por ella había ido a la cárcel. Aun así pasan el día juntos. Van a comer, al cine y después a bailar. Hace mucho que Andreas no iba a esos lugares y se siente extraño, incluso atemorizado por la presencia de Caroline. Como antes de ir a prisión. Por eso huye de ella por la mañana, de la misma forma azarosa en que la había encontrado. Y al notar que ya sólo le queda un billete de 50 francos y algunas monedas, empieza a darle importancia al dinero, como si siempre lo hubiera poseído en generosas cantidades. Vislumbra que los milagros han terminado y que regresará a su lento e inexorable hundimiento en el alcohol y la miseria, en la errancia. Resignado, de pronto abre la cartera que había comprado y allí encuentra el siguiente milagro: un billete de 1 000 francos.

Y la cadena de milagros continúa: se encuentra con un antiguo compañero de colegio, quien ahora es un afamado futbolista, y éste, al ver los andrajos de su amigo le regala un par de trajes magníficos, así como una noche en uno de los hoteles más exclusivos de París. Allí Andreas ve a una apetitosa señorita que resulta ser bailarina y siente que los milagros continuarán en la habitación de ella, tal como en efecto sucede. Pasa con ella todo el viernes y el sábado, y el domingo va a pagar su deuda con la pequeña Teresa. Nuevamente llega tarde a la misa de 10 y vuelve a entrar al bistró de marras. Se da cuenta de que de los 1000 francos ya sólo le quedan 250, con lo que deduce que la chica le robó, pero no le da mucha importancia al asunto. Y así, cuando escucha las campanas de la misa de 12, se dirige a la iglesia, pero entonces choca con Woitech, un sujeto que conocía de sus días de minero. Cuando le confiesa que va a pagar una deuda a la pequeña Santa Teresa, Woitech le pide prestados 100 francos para evitar la cárcel. Andreas le da 200 y comprende dos cosas: que tampoco ese domingo pagará su deuda y que Woitech en realidad no necesitaba ningún dinero, porque enseguida lo invita a beber toda la tarde con el dinero de Andreas y posteriormente se quedan hasta el martes en un lugar lleno de señoritas complacientes. Con apenas 35 francos se dirige a los puentes del Sena, en donde vuelve a encontrar al caballero de los 200 francos. Éste no lo reconoce y le vuelve a otorgar 200 francos para que, cuando los quiera pagar, lo haga a la pequeña Santa Teresa de Lisieux. Y allá irá el domingo, después de dilapidar el dinero en comida y bebida. Por supuesto, llegará tarde a la misa de 10 y entrará en el acostumbrado bistró después de que un policía le diera un monedero con 200 francos, creyendo que Andreas era el dueño. Allí estará también Woitech, quien nuevamente tratará de sonsacarlo después de apurar varios vasos de absenta.

Pero de pronto entra al bistró una jovencita vestida de azul celeste y se sienta justo frente a Andreas. Él la confunde con Santa Teresa y le agradece por buscarlo ella a él, en vez de que fuera al revés. La chica está atemorizada por haber sido abordada por un sujeto ebrio y poco menos que indigente, y le ofrece 100 francos para que se aleje de ella. Acaso colmado por la cantidad de favores y milagros, Andreas se desmaya y al poco rato muere en la capilla de Sainte Marie des Batignolles, no sin antes murmurar: “Señorita Teresa”…

La leyenda del Santo Bebedor, escrita por Joseph Roth poco antes de morir, en 1939, pero publicada póstumamente, es una de esas alegorías modernas que pueden embonar en casi cualquier situación social. Un hombre entregado al vicio y la miseria, de pronto tiene una oportunidad de reivindicarse ante sí mismo y ante la sociedad. Sin embargo, siempre que parece estar a punto de alcanzar su objetivo, por alguna razón todo se posterga y al mismo tiempo los milagros no dejan de reproducirse, cada vez más vertiginosamente, abrumándolo en su obsesión de cumplir su palabra. Es un retrato, no sólo del destino y azar que rigen al hombre como criatura, sino también de algunas sociedades en diversos momentos de la historia.

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