sábado, 10 de diciembre de 2011

Pabellón de cáncer, de Alexandr Solzhenitsyn


En Pabellón de cáncer (Rakobi Corpus, 1968) Alexandr Solzhenitsyn explora los senderos de la enfermedad y la situación política en la URSS de los años 50 a través del funcionario Rusánov, que ha tenido que acudir a un hospital en la Ciudad Antigua, en el Uzbekistán, para tratarse un feo tumor en el cuello. Una bola aparatosa que le impide moverse con libertad y que a últimas fechas lo ha hecho pensar más de la cuenta en la muerte. Sin embargo, no está nada contento, ya que deberían tratarlo con especial atención por ser un miembro hasta cierto punto destacado de la sociedad que brotara bajo la sombra “benefactora“ de Stalin. Así, por lo que se deduce de su pasado, Rusánov es un hombre entregado a la idea de bienestar funcional que estuvo en boga en la mayor parte de ese conglomerado de naciones que formaban la URSS durante los años de la posguerra, si bien eso varias veces significara acusar a sus propios amigos de conspiradores contra el sistema.

El panorama no será nada alentador: pacientes con caras agónicas o desesperadas, devoradas por el dolor que les provocan tumores hospedados en casi cualquier zona del cuerpo, rostros en los que la muerte ya deja contemplar sus deprimentes rasgos, o aún más: rostros amenazadores que nada saben de otorgarle a él, un funcionario modelo, todas las comodidades a las que está acostumbrado en las cumbres de su puesto burocrático. Incluso habrá alguno, como el exmilitar deportado Kostoglótov, que le bajará los humos con hirientes palabras, sobre todo cuando Rusánov se pone a querer gobernarlos a todos como si estuviera en su propia oficina. Así que tendrá que aprender que ese tumor, instalado justo bajo su mandíbula, es algo que lo tiene en un puño. Nadie puede salvarlo, salvo quizás la ciencia médica.

Así entramos a ese mundo de convalecientes, un universo que, pese a la enfermedad, es capaz de mostrar los matices humanos en una combinación tensa, multicolor. Ahí está Diomka, por ejemplo, un joven a quien no pasan más que desgracias desde la niñez, pero que tiene la oportunidad de regresar a su vida, aunque tengan que amputarle una pierna, y quién sabe, quizás dedicarse a la escritura desde una perspectiva sincera, no oficialista; o Asya, que pese a su amor por un estilo de vida quizás un tanto frívolo, tendrá que someterse a una operación que atentará contra su belleza perfecta; o los incurables, que suelen ser dados de alta del hospital con un doble cometido: que no mueran dentro para evitar los picos bajos en las estadísticas, y darles la escuálida ilusión de que quizás podrán curarse por su cuenta. También estarán las historias de los deportados, los incómodos al sistema por las críticas a los excesos demagógicos de los dirigentes, pese a que muchas veces contribuyeron con su propia sangre en la formación o defensa del país.

El tema político está representado principalmente a través de Rusánov y Kostoglótov, los antípodas de ese comunismo rígido que, tras la muerte de Stalin, poco a poco comenzará a rectificar el rumbo hacia una forma menos dogmática de ejercer un ideal que ya se veía torcido, lo cual hará que los viejos funcionarios, encarnados en Rusánov, teman las posibles vindicaciones de aquellos a quienes en un principio traicionaron por creerlos “enemigos de la patria”, mientras que, por otro lado, los anteriores enemigos del sistema, encarnados en Kostoglótov (el cual sería un reflejo del propio Solzhenitsyn), casi siempre deportados a las inhóspitas tierras de Siberia por las críticas al sistema, podrán vislumbrar la esperanza del indulto político.

Finalmente veremos las raíces de una historia de un amor imposible, entre el propio Kostoglótov, quien permanentemente añora la tranquilidad de Ush-Terek, su lugar de destierro, y la doctora Vera Kornilievna, Vega, como cariñosamente le llama él desde su mente, quien a sus 31 años está en riesgo de no compartir lo mejor de su vida con nadie. La sospecha de ambos de quizás ser el uno para el otro y la fatal intervención del tratamiento anticancerígeno en él, que lo podría dejar incompleto como hombre, imposibilitado para formar una familia, y por ende, a mantener alejadas las expectativas de una vida “normal” con una mujer, pese a que la esperanza de amnistía política que ya asoma en el horizonte...

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